¿Psicopatologizar el bullying? – Julio César Carozzo Campos

Una vez más las tentaciones reduccionistas hacen su aparición, convencidas de que le hacen un gran favor a los estudiosos y a la ciencia. Esta vez el turno ha sido para el acoso escolar o bullying que, como ya se le ha definido, consiste en una conjunto de prácticas intencionales de abuso y maltrato (físico y psicológico) en perjuicio de estudiantes cuyas características personales los hacen vulnerables, que se suceden en forma sistemática en el curso del año escolar por parte de un(a) estudiante agresor(a) que cuenta con la sociedad de un par de cómplices y la total indiferencia del resto de compañeros.

Tenemos la seguridad de que no puede ser “normal” que un niño/niña o un(a) joven despliegue una variada gama de comportamientos agresivos de modo injustificado y sin más propósito que “divertirse” o de hacer prevalecer su superioridad mediante agravios que causan sufrimiento y dolor a las víctimas. Pero tampoco nos parece “normal” que las víctimas sean tan pasivas y desesperadamente inofensivas ante las provocaciones y maltratos de los matones. Es más, nos parece que es más anormal tolerar el abuso y mantener una indefensión total ante las situaciones de acoso. Al menos el sello de nuestra cultura nos hace percibir como natural y, por qué no, como signo de prestigio social el ser “valiente” y “dominante” en las relaciones interpersonales.

El cinismo o la ingenuidad de las personas que alegan contra la impericia de los estudiantes para defenderse llega al grado de calificar que los actos de acoso son necesarios e inevitables para una mejor socialización de los niños, sobre todo de los varones. Es decir, se hace necesario el abuso y el maltrato para un mejor desarrollo social en los niños(as) y jóvenes. Francamente insólito¡

Como quiera que no se considera normal que las personas sean desmedidamente crueles o sumisas, la mejor explicación para la presencia de estos estilos de comportamiento entre los niños, niñas y jóvenes en la escuela es que se trata de individuos con problemas psicológicos y/o psicopatológicos que requieren tratamiento especializado. Los trastornos psicológicos que caracteriza a los estudiantes involucrados en el acoso escolar como agresores o víctimas se derivan mayormente del perfil individual de riesgo que poseen y del clima de violencia existente en el hogar de origen, eso sí, siempre del hogar, nunca del sistema social y de su pobredumbre.

En estas condiciones hacen su aparición los infaltables y perversos personajes que se declaran así mismos expertos en “salud mental” y que se harán cargo de desplegar la coartada encubridora, y blandiendo las más rancias teorías sociopsicológicas culminan sus artificios clínicos etiquetando con algún diagnóstico psicopatológico a los agresores y a las víctimas del acoso escolar o bullying. El bullying existe, entonces, porque existen niños(as) y jóvenes con problemas psicopatológicos o psicológicos, quienes necesitan una intervención y atención especializada. La intervención profesional se limita a ser intrapersonal. La propuesta de estas personas es engañosa e irresponsablemente inhumana. Es engañosa porque crea la ficción de que atendiendo profesionalmente a los sujetos comprometidos en el bullying (agresores y víctimas), se está dando inicio a la solución del problema, lo que no corresponde a la verdad; y es inhumana porque propicia la exclusión de los niños y jóvenes involucrados en el acoso: separando del centro educativo a los agresores y, de seguro también a las víctimas, se acabaría con el problema de la violencia en la escuela y se le devolvería el clima de convivencia deseado, lo que tampoco es cierto.

El bullying no existe en la escuela porque allí habiten niños y jóvenes agresores que atacan a otros que son más vulnerables, o porque dichos estudiantes viven en situaciones de riesgo social en donde asimilan y replican patrones de conducta agresiva que trasladan a la escuela. Menos aún porque existan niños, niñas y jóvenes que poseen el “perfil” propicio para ser agredidos. Eso es lo que se percibe a simple vista y representa la forma más sencilla para explicar el problema del acoso en la escuela, pero no es el fondo del problema.

Lo que existe en la sociedad, y se reproduce en la escuela, es la existencia de relaciones interpersonales basadas en la inequidad y la asimetría de poder. Relaciones interpersonales autoritarias y verticales que gatillan formas de resolución de conflictos basados en la violencia. Estilos de relación que privilegian el dominio abusivo a cualquier precio y la búsqueda de pleitesía y sumisión de los iguales. La convicción de que esos estilos son necesarios para la conquista del éxito social. En suma, lo que existe en la escuela es un modelo de relaciones interpersonales no solo desigual sino, esencialmente, atentatorio a los derechos fundamentales de las personas, ya que el acoso en la escuela no es un problema de indisciplina sino de derechos humanos.

¡¡La solidaridad y la equidad relacional???? ¡Esa cojudez¡, como diría un triste personaje que oficia de líder de opinión.

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