Las llamadas peras peligrosas – Julio César Carozzo Campos

Recientemente los diarios han reportado la existencia de encuentros entre jóvenes de ambos sexos durante el horario de clases. La “pera o la vaca” de los jóvenes acaso no serían    alarmantes sino fuera por que esos encuentros se realizan para consumir bebidas alcohólicas, drogas y sexo.  El hallazgo de estos encuentros en domicilios de los propios estudiantes en ausencia de padres y/o familiares ha despertado una explicable corriente de preocupación entre los padres de familia, los docentes y las autoridades educativas y policiales, quienes han expresado sus impresiones mayormente cargadas de emocionalidad antes que se racionalidad y sentido de realidad.

El meollo del problema está precisamente en la falta de ideas e imaginación para el entendimiento del problema de los jóvenes y de la forma de hacerle frente. Se verá, en efecto, que las “explicaciones” ofrecidas por las diversas autoridades abundan en señalar responsables sin atisbar autocrítica alguna. Dicen, por ejemplo, que la responsabilidad de estos sucesos recae especialmente en los padres que no orientan adecuadamente a sus hijos; o que los estudiantes se tornan cada vez más audaces en la elección de modalidades de diversión; o que las redes sociales son la causa de numerosas conductas de riesgo en las que se encuentran atenazados los estudiantes. Y en esta danza de acusaciones, explicaciones y soluciones,  se dice que se han dictado medidas sancionadoras    para quienes injustificadamente falten a sus clases. Y para redondear este absurdo cuadro de falta de ideas,    se dispone    la movilización de efectivos policiales en las afueras del colegio (¿?).

Debemos decir que la escuela en nuestro país ya fermentó un problema derivado de las malas relaciones interpersonales de los jóvenes conocido como datin violence, que alude a la violencia que gobierna las  relaciones de enamoramiento existente entre los jóvenes en las escuelas (se dice que el 80% de esa violencia proviene de los varones con una insólita aceptación o pasividad de las adolescentes), y que por extensión, regula las relaciones de casi todos los jóvenes en esa edad, lo que emerge como una condición de riesgo latente que no puede ni debe ser abordada con medidas únicamente disciplinarias así como tampoco encomendárselas a quienes carecen de un conocimiento esencial para esta delicada tarea, como son los padres de familia, a quienes  le reclamamos repetidamente mayor celo en el cuidado y orientación de sus hijos.

Esta relación de enamoramiento, inocultable, es el primer eslabón para prácticas de riesgo, la que se acrecienta por la ausencia de guías que provengan de personas con capacitación para ello, en la escuela y el hogar, y no tratando de ignorar esas relaciones o amenazando a los jóvenes con sanciones. ¿acaso podemos regular administrativamente el enamoramiento en la adolescencia?, claro que no, pero lo que podemos y debemos hacer es orientar a los jóvenes de ambos sexos en los tópicos de las relaciones de enamoramiento.

En los diferentes problemas de los jóvenes, entre los que se cuenta el de las “peras peligrosas”, el principal responsable es el sistema educativo –no los profesores ni directores‐, cuya miopía no le permite ver:  1) que el aprendizaje más importante para este milenio es de aprender a convivir, lo que convierte a la escuela en escenario privilegiado para el buen trato, el respeto a los derechos de las personas y a partir de ello, a una mejora apreciable del rendimiento académico, y 2) que muchas acciones de violencia que se producen en la escuela no son problemas de disciplina, entendiendo esto último como una infracción al Reglamento del centro educativo, y que por ende, no pueden ser resueltos con medidas sancionadoras y punitivas. Cabe añadir aquí que la descontextualización de los contenidos de los cursos, las insuficientes habilidades sociales de los docentes y la verticalidad que impera en  las instituciones educativas en la gestión de la disciplina, crean un clima propicio para el tedio y desasosiego de muchos jóvenes que ven en la escuela la prolongación de sus penurias y desolación familiar,  la que tratan de evitar a cualquier precio.

La truculencia sexual no está en la escuela ni en los hogares, sino en nuestra cultura y en las sensacionales recreaciones que la prensa amarilla hace de ello diariamente con absoluta impunidad. ¿Existe una Procuraduría de los Niños y Adolescente?, y si la hay, ¿Qué hace? La tecnología de la información tiene sus riesgos por la forma como ella se expande entre los jóvenes y niños y, en particular, porque es empleada ampulosamente como vehículo de culturización e ideologización. ¿Qué hacer? ¿Erradicar las redes y sancionar a sus mentores o educar a los receptores y consumidores? Lo más sencillo es   castigar a los consumidores, y eso es lo que se pretende hacer. El control de las redes sociales y de sus contenidos no están en nuestras manos, como si lo están los estudiantes en los centros educativos y los hijos en los hogares, en consecuencia, la gran estrategia preventiva es la educación, no solo de los estudiantes como empecinadamente    lo queremos ver, sino también educación de los padres y de los profesores y un cambio de paradigma de lo que hace la escuela hoy en día. Como lo señalaba un especialista educativo, la crisis de la escuela existe porque: “Tenemos una escuela del siglo XIX, profesores del siglo XX y alumnos del siglo XXI”.

Con la noticia sobre las “peras peligrosas” se crea la sensación de que los jóvenes siguen siendo un grave problema, cuando en realidad el problema somos lo adultos que queremos imponer a los jóvenes el corset de nuestra cultura pasada o el prurito de nuestra autoridad. Los provocadores (la prensa amarilla, un sistema educativo anacrónico dedicado a la enseñanza solo de conocimientos, el clima institucional aversivo, los modelos sociales funestos, etc.) pasan inadvertidos o son exculpados, mientras que las víctimas de todo ello, como los estudiantes, los padres de familia y los profesores son estigmatizados duramente y señalados como culpables.

¿Cuándo se decidirán las autoridades educativas a admitir la necesidad de incorporar profesionales de la psicología en el trabajo docente? Y que se convenzan que los psicólogos no son para la atención de los problemas de conducta y de aprendizaje solamente, como se aconseja, sino que debe asumir un protagonismo  mucho mayor: mejorar la convivencia en la escuela y mejorar el clima institucional, enseñar habilidades para la vida a los agentes educativos, promover una cultura de paz erradicando el acoso escolar o bullying, trabajando el factor de resiliencia y potenciando las competencias de los estudiantes, entre muchas otras cosas más. Después de todo esto, no obstante, hay que esperar, porque la educación es un proceso interactivo y no solo del aprendiz.

(*) Presidente del Observatorio sobre la Violencia y Convivencia en la Escuela

Noviembre, 2010

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